Las noches ya no son lo mismo desde que conocí a mi vecino de abajo. Las noches son bonitas canciones, son esperas e incertidumbres. Son noches deseando que toque el timbre, que me regale la canción de buenas noches. Es beber cervezas, fumar cigarrillos. Es imaginar que le doy un abrazo, que salgo de una tarta o que preparamos un cumpleaños. Es esperar que el mañana sea mejor, un nuevo día. Es reconocer que estamos solos, pero sabiendo que seremos eternamente vecinos. Yo arriba, tú abajo. Es un ojalá estuvieras aquí esta noche, es un ji, es un jo.
Me llevas a dormir, me enseñas la luz, veo tu sonrisa, una flor de papel, tarareo todas en mi cabeza, con bata o en camisón. Vecino, vecina. Es intenso, es platónico, es extraño. Tan lejos, justo abajo.
Cuantas veces me pregunto si tendré suerte en mi viaje. Si el miedo se convertirá en ilusión, si no tendré que echar la vista atrás y recuperar todo de nuevo.
Ya no sé medir la magnitud de mis errores, pero si sé que la vendetta viene disfrazada de resfriado. Cuando creía que los remordimientos no eran para mí, vuelven y se convierten en mutilaciones y automutilaciones.
viernes, 3 de junio de 2011
Si tuviera una jukebox tendría siempre canciones de buenas noches y sería de la tribu de los soñadores despiertos.